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Pan
La luz más nutricia que la médula, la luz que tiene alas y gorgeos de canario. La mañana que viene descalza para cruzar la creciente del rocío. Las arpas secuestradas en la piedra. Los acuarios e invernáculos en que el mar cultiva delicadamente sus criaturas favoritas. La sal del mar paladeada ruidosamente por las bocas dulces de los ríos. El carbón que se hace piedra o diamante para arder sin apuro. La espesura de la tiniebla verde creadora de estrellas de colores. La lluvia con su cabellera peinada a un costado y que revienta un beso en cada gota. El viento dejando en cada alma el polen del mundo. Los nomeolvides de la lejanía despidiéndose. Los huevos de los peces amenazando desbordar el océano. El aire que no es oquedad celeste sino más plenitud que los racimos y ubres. Los dedos infinitamente maternales con que la Naturaleza cuida cada brote, cada nido cada hilo de agua. El caracol de los volcanes donde el oído escucha el oleaje del fuego. El desierto de arenas, panteón de Montañas. La biografía de los astros, las estaciones, los brujos, tejida a la nuestra. Las rocas que prefiguran las formas cimeras del cerebro humano, porque la planta ya asoma en el mineral y el animal en la planta. Los pájaros con su celeste infancia insumergible. La sangre original salida del océano, llena de sal aún y convulsa de flujos y reflujos. Las raíces incoloras e inodoras engendrando los rojos mas violentos, los azules más soñadores. El color del trigo Hecho con el color del surco y el del sol. La primavera que elabora con carroñas y excrementos fragancias no inferiores a la sonrisa de los ángeles. Estómagos y sexos a remolque de garras y de bocas. El verano en fatiga acezando en las lenguas de las amapolas. La oruga trabajando día y noche su traje de bodas con el cielo. Los hongos, sombrillas con que el silencio se protege de las lluvias de insectos. La paloma que hace un ruido de corazón en la espesura. Las dulzuras armadas de la rosa y de la abeja. El clavel con su puñalada roja e intensa entre todas porque es la del amor. Las campánulas celestes, celestes porque son para un rito de los cielos. El aire infantil que sucede a las más endemoniadas tormentas. El eucalipto con su medicina y farmacia respiratorias. La soledad con su profundo rostro de amigo. La noche constelada por el abismo y por los sueños del hombre, y el hombre oscuro constelado de esperanza, y la muerte, este transeúnte invierno del ser. La naturaleza, nuestra siempre verde infancia. La naturaleza toda con su sombría esencia y sus esplendores, lavada y purificada sin tregua por los fuegos y yodos, y sales y aguas de nieves y jugos de raíces, besando el ombligo sagrado de la Fecundidad. Y el corazón de lo que vive más rojo que el amanecer y la sangre. Y las miradas de almas diversas que integran lo Unánime.
Pero yo soy sólo una partícula de cosmos llena de su santa profundidad y su santa necesidad, llena de latidos comunes con la greda, la tormenta, los nidos y el latido populoso de las constelaciones. Soy un árbol con sus raíces a la zaga de los ríos subterráneos y sus ramas haciendo señas de intimidad a las nubes, las nubes que deciden el destino de raíces y fauces. Millones de años miran por los ojos del lagarto mis mil siglos de hombre. Sonrío al sol que incuba ecuánime los huevos de la paloma y de la víbora, y a la abeja que inocula la vibración del sol en la frescura del racimo. Estoy lleno de hambre terrestre y celeste (y también de la caníbal) en sus ojos, la lengua, la piel las venas, las tripas, en la base y la cima de la médula. Y siento las raíces del incesto y del crimen aún no podridas del todo en el fango inicial. Presiento los prodigiosos tumultos y cadencias que esconde el silencio (el silencio y la música, esperantos divinos) y la noche con su olor de bestia diluviana, y el ritmo oceánico de los lechos de amores. Corren en mí cascadas de lágrimas, de semen, de risas. Comparto la armonía de las mil y una leguas de los pájaros en la torre de babel del aire. Mi sangre quiere treparse a los cedros, ser liana escarlata. Muchas siestas arden en mi cintura y la embriaguez me sube de las piedras como si los arroyos llevaran mosto. Hay tanto elástico empuje de río en mi pecho y tanta germinal sombra de bosque en mis entrañas. En mi desnudez está la de las mujeres, dulces como lunas, y su bello y su alma, con su oscuro magnetismo de sima. Llevo toda la atmósfera como mi propia piel, y el tiempo encuentra en mi pecho su tajamar más hondo. Quiero medir todas las distancias con mi metro de médula. Mis pensamientos ondean como una cabellera de ríos. Innumerable es mi dolor, pero mi alegría puede contagiar a cualquiera y a todos. Mujeres y hombres sin cuento están en mí como los pájaros en el canto de la calandria, y me abre en dos el corazón una vía láctea de niños. Por el centro de moi sangre pasa el meridiano de todo lo que vela o duerme. Mi muerte futura ya es autora de verdes nacimientos.
¿Por qué el tiempo de la selva y los luceros quedó fuera de vosotros? ¿Por qué el cuerpo desarraigado del alma? ¿Por qué vosotros desarraigados del cielo y la tierra? ¿Por qué el bostezo y tanto hueco y sombra en él? ¿Y el sexo rojo tapado con cenizas? ¿Y el corazón como un río que apenas se mueve debajo de sus témpanos?
Recuerda fajas, pornografías, novelas rosas, ligas morales, chupetes, ayunos, miriñaques, pompas, fúnebres. Poetas idealistas perdiendo sus alas en los pantanos de la diplomacia. Mendigos que coleccionan llagas falsas y piojos verdaderos. Una emboscada entre todas llamada confesionario. Las manos del pedicuro y las del Papa y las del forzador de tumbas. Polizontes de fierro, de incienso, de niebla acorralando el mundo. Tratantes de blancas, filantropía, condecoraciones, tantos por ciento, patriotas rompehuelgas. Dueños de cajas de fierro con ojos y fauces de pez. Querubes níveamente helados. Los trajes de los difuntos defraudando al olvido en los roperos. Dogmas revelados, jeringas de Pravaz . La flora que crece en el agua muerta de los espejos. Rosas artificiales más secas que todas las espinas. Secretarios de los amantes, diccionarios de la rima, lenocinios, apóstatas sexuales. Tiranos trabajando con prisa furiosa y risible para los mausoleos. Pensiles burócratas, trajes de alquiler. La castidad enloquecida sacrificando a Venus en la soledad impar. Mesas de juego en que se mira el ombligo a la nada, bosques de tinta y papel más muertos que bosques desecados, costureras con la mochila profesional de su joroba, mariscales pensionados a oro hasta en su descendencia aún nonata. El verdugo que alquila su arte de cirujano capital, el alcahuete con su irremediable olor a urinario, y el llanto fundido y troquelado por los monederos, y el sudor y la sangre desatados para proveer la fuerza hidráulica a los [industriales: y tantos chismes recogidos por los reporteros del infierno, y tantas inadvertidas citas de la muerte.
Los muertos en marcha usan sus féretros de tambores, y os confundís con ellos a escondidas llevándolos con vosotros como un buque sus apestados, aun sabiendo que se acuesta entre los difuntos puede levantarse, más no para resucitar. En tanto los caídos por causa del Hombre alzan su puño desde las tumbas, y aquende y allende las tumbas y dentro y fuera del alma, asistido por el amor, sin tregua, el sacro Todo late inmortalmente vivo.
Envio Matias Sgalla. publicada en el año 79 por editorial Colihue, en "Insurrección del poema"
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